Rossini, compositor y gastrónomo

Publicado en: RevistaES del Periódico Hoy (11 de Noviembre 2011)

2Si de algo estoy seguro es que la música, como la cocina, se compone de elementos que nutren el alma. Con los primeros compases del Largo al Factotum mi mente navega por esta idea, quizás por lo avanzada de la hora en la que me planto ante mi laptop a hilvanar estas palabras, o por mi convencimiento de que el gran Rossini maquinaba alguna de sus opíparas cenas cuando componía la extraordinaria ópera.

Y es que el compositor de El Barbero de Sevilla, además de excelente cocinero y mejor gourmet, tenía la sana costumbre de organizar los sábados una cena de dieciséis invitados. El príncipe Poniatowski, el Barón Rothschild, Haussmann, Alejandro Dumas, Gustave Doré, Verdi y los grandes gastrónomos de la época como Brillant-Savarin o Carême, se vistieron de gala para ser sus invitados. En su casa de París se deleitaron con la fragante pasta al foie gras, su paté de pollo, o los afamados cangrejos a la mantequilla. Rossini, enfundado en una especie de sotana, dirigía con esmero de maestro esos memorables banquetes, en una puesta en escena que dejaba sin habla a la sociedad más pudiente de la belle epoque.

3Antes de aburrirles con otro cuento, permítanme admirar la debilidad especial del compositor por la trufa, a la que cariñosamente llamaba el “Mozart de los hongos”. Cuentan los mentideros de la época que a Rossini solo se le vio llorar dos veces en su vida: el día en que falleció su padre (por el que profesaba un inconmensurable cariño), y en una fatídica travesía cuando accidentalmente cayó por la borda un espléndido pavo trufado (por el no debería sentir menos estima).

Déjense alimentar el espíritu con la propuesta de hoy, unos fantásticos cannelloni de camarones con trufa –en honor a Rossi1ni- donde el sabor yodado del mar complementa al aroma más profundo del bosque. Un banquete especial con que celebrar esta edición de platino.

Y no olvide que comer y amar, cantar y digerir, son los cuatro actos de esa ópera bufa llamada “vida”, existencia que se alza o desvanece como la espuma del mejor champagne.

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